miércoles, 5 de septiembre de 2012

Actitudes hacia la tecnología

Recientemente leí el artículo “Internet research manifesto”, de Carolina Yellati, de las consultoras Wondepanel y tres|consultores, que es un alegato en favor del aprovechamiento de Internet como medio o canal y como fuente de datos para las investigaciones de mercado apoyado con información muy útil sobre el perfil de los usuarios de Internet en Argentina proveniente de estudios propios realizados por Wonderpanel. Si bien en términos generales es un artículo interesante uno de sus primeros párrafos me impactó negativamente y deseo comentar por qué. Refiriéndose a la existencia de personas que cuestionan la legitimidad del uso de Intenet en la investigación de mercado Carolina dice lo siguiente:
Resistirse a capitalizar para la investigación de mercado toda la ganancia y la riqueza que pone a disposición Internet parece a esta altura una necedad. A mi me recuerdan al ludismo movimiento obrero que en el siglo XVII se oponía a la revolución industrial rompiendo máquinas, a la aristocracia contra el avance de la democracia, o a los globalifóbicos, acaso como si algunos de estos cambios fueran opinables.
Hubiera sido un excelente artículo sin la ultima frase, porque la verdad es que ofrece no una sino varias aristas cuestionables. En primer lugar, por supuesto que son opinables. Paradójicamente Carolina alude a la democracia como un valor positivo pero al mismo tiempo cree que hay asuntos sobre los que no cabe opinar. Que sólo cabría aceptar. Eso es poco democrático. La historia la hacen los seres humanos. No es un proceso natural. En todo momento el proceso social puede tomar uno o más rumbos según a qué grupos sociales favorezca la relación de fuerzas políticas. Siempre hay varios proyectos alternativos, varias utopías diferentes. Distintas ideas del Bien y los hombres luchan por hacerlas realidad. Desconocer el derecho de las personas a opinar sobre su futuro que desean para sí y su descendencia es cuanto menos autoritario.
En segundo lugar, el mote de “globalifóbicos” es tan inexacto como simplista. Ha sido usado por los medios de comunicación en la época del “pensamiento único” para descalificar a los que se oponían al la globalización neoliberal como otros motes peyorativos usados contra distintos tipos de opositores: los peronistas “se quedaron en el 45”, los de izquierda sostenían “una ideología ya perimida”, otros eran “nacionalistas”, “populistas”, “estadocéntricos”, “burocráticos”, etc.
Nadie con un poquito de formación política puede creer que el movimiento “anti-gobalización” realmente se oponía a la globalización en general, cuando el mismo Marx en otro “manifiesto” (más famoso) convocó a los “obreros del mundo” a unirse y Lenin sostenía que dado que el capitalismo es mundial la revolución tiene que ser también mundial.

Quien medianamente se informaba sabe que el movimiento anti-globalización se oponía a los efectos sociales de las reformas de tipo neoliberal que resultaban de la apertura indiscriminada de los mercados: cierre de muchas fuentes de trabajo que no resultaban competitivas en el mercado global, disminución de la protección del trabajo en búsqueda de mayor “flexibilidad” en el mercado de trabajo y competitividad sistémica y otras medidas que produjeron el aumento rápido y pronunciado del desempleo y la pobreza, el deterioro de los servicios básicos, y otros efectos llamados “el costo social del ajuste”. Realmente no hacía falta referirse despectivamente a estas personas para alegar a favor del uso de internet en la investigación de mercado.
En tercer lugar, los obreros luddistas no se oponían a la revolución industrial en general sino a la mayor explotación a la que el maquinismo los estaba sometiendo. Resistirse a se más explotado no es ser “necio”. Es defender los propios derechos o cuando menos buscar un mayor bienestar, algo que los mismos liberales utilitaristas reconocerían como legítimo. Por supuesto, los luddistas incurrieron en el error de análisis de responsabilizar a las máquinas por esa mayor explotación. Al hacerlo cometían el mismo error que Carolina pero en sentido inverso: fetichismo tecnológico. Y acá es donde quiero centrar mi comentario. 
La actitud contraria hacia la tecnología que caracterizó a los luddistas nunca dejó de existir y reaparece en cada generación a intervalos cada vez más frecuentes en la medida en que la tasa de innovación tecnológica se acelera. Algunas personas consideran que la tecnología o al menos cierta tecnología es intrínsecamente mala o perjudicial. Esta actitud, que llamo tecnofobia, suele asociarse con el antiguo temor al “fantasma en la máquina”: el temor a que el artefacto creado cobre vida o autonomía respecto de su creador y se vuelva en su contra. El tema aparece en numerosos textos y películas clásicas, como Metropolis, “Fantasía” donde el mago pierde el control de las escobas, Robocop, Matrix y Yo robot, donde las máquinas tratan de destruir o someter a los humanos.
Este temor a ser controlado por una tecnología de la que no se tiene control deriva de la experiencia muy vívida de los sectores de la población que no tienen control sobre ciertas tecnologías de a ser controlados por otros a través de esas tecnologías. ¿Se acuerdan del fordismo?. ¿Se acuerdan de Carlitos Chaplin corriendo para alcanzar el ritmo que le impone la línea de montaje?. ¿Se acuerdan de la neurosis de los obreros en “La clase obrera va al Paraíso” inducida por el aumento en los ritmos de producción?. Esta experiencia vital no es tan ajena a la de los luddistas. ¿Y qué me cuentan de las tecnologías de control actual: el uso combinado de los SIG, el GPS, los teléfonos celulares, la tarjeta SUVE, las redes sociales, los sistemas de reconocimiento de rasgos faciales, la identificación genética, etc.? (vean más abajo el artículo sobre el avance del Gran Hermano). Si uno usa todos estos servicios y los conecta entre sí acaba por entregarse a la vigilancia absoluta.

 
A los luddistas hubiera cabido decirles: “Muchachos, la culpa no es del chancho, sino del que le da de comer”. La culpa no es de las máquinas sino del patrón que las usa para intensificar su explotación de los trabajadores en busca de un mayor beneficio patronal. Ahora, de ahí a decir que los luddistas eran unos necios que se oponían a la revolución industrial hay una gran salto que sólo se logra con una hipersimplificación.

Las máquinas podrían haber tenido otro efecto. De hecho la innovación tecnológica siempre cuenta con profetas que auguran un futuro maravilloso sólo por obra de la tecnología. Esta actitud es la que yo llamo tecnolatría. Lo que caracteriza a los tecnólatras no es simplemente estar a favor de la innovación tecnológica, sino la creencia de que ésta es intrínsecamente beneficiosa siempre. Los tecnólatras son básicamente entusiastas consumidores de tecnología. Para un tecnólatra las cosas son buenas y mejores por el sólo hecho de ser nuevas y no pueden producir sino beneficios. Todo cambio tecnológico es positivo para ellos. La salida al mercado de un nuevo modelo de celular, PC o automóvil los precipita a adquirirlo de inmediato produciéndoles la molesta vergüenza de estar usando un artefacto ya obsoleto.

En los comienzos del maquinismo muchos alegaban en forma muy optimista que las máquinas permitirían reducir el esfuerzo humano y por lo tanto harían el trabajo más liviano a la vez que podría reducirse el tiempo de trabajo. En efecto las máquinas tenían ese potencial. Pero lo que efectivamente ocurra no depende de las máquinas sino de la sociedad que las usa. Y una sociedad desigual usa las máquinas para profundizar la desigualdad. Cuando el control de las máquinas está en las manos de quienes buscan el beneficio propio en detrimento del bienestar general el resultado no será una mejora del bienestar general. Ese es el temor al “fantasma en la máquina”. Si yo no la controlo puede ser usada en mi contra.
Ahora, ocurre, como decía que tecnólatras y tecnófobos, aunque aparentemente opuestos, comparten el fetichismo tecnológico: la creencia de que la tecnología es intrínsecamente mala o buena siempre independientemente de la consideración de otros factores. Que ella puede conducirnos por sí misma al Paraíso o a la destrucción (piensen en los debates sobre la energía nuclear, por ejemplo).
La naturaleza sabe mucho de innovación. Las mutaciones son innovaciones y se producen en gran cantidad en cada generación. Pero la mayoría de ellas son perjudiciales, deletéreas. Otras son neutras y sólo una pequeña proporción resultan beneficiosas por otorgar alguna ventaja adaptativa. Éstas son las que impulsan la evolución. Lo mismo ocurre con la innovación tecnológica. No toda innovación resulta beneficiosa. Menos si consideramos el criterio por el que se juzga ese beneficio. ¿Es beneficiosa cuando permite incrementar el volumen de ventas y los ingresos o cuando trae un aumento del bienestar general?.
En mi opinión la tecnología o la innovación tecnológica no es ni mala ni buena en sí misma. Todo depende de quién la use, cómo y para qué. Lo que hoy importa es si tenemos el control de las tecnologías o somos controlados por ellas. Si las controlamos podemos usarlas en nuestro beneficio. Si todos tenemos el control podemos usarlas para aumentar el bienestar general. Pero si algunas elites monopolizan el control de las tecnologías también monopolizarán sus beneficios y los demás estarán en la posición de los luddistas, aunque no rompan nada. Esta tercer actitud es la que yo llamo tecnofilia. Hay que hacerse amigo de la tecnología. Ser tecnófilo. No hay que endiosarla ni demonizarla. Hay que conocerla, entenderla e impulsar su desarrollo en un sentido que resulte beneficioso para todos.