sábado, 27 de abril de 2013

La propuesta de una sola página como herramienta en antropología aplicada

Muchos colegas investigadores que estudian problemáticas sociales quisieran contribuir a mejorar las políticas públicas vigentes sobre los asuntos que investigan. Estos colegas suelen lamentarse de que los funcionarios públicos no lean sus trabajos y se preguntan qué se podría hacer para que haya un mayor aprovechamiento por parte del Estado, de los resultados de las investigaciones sociales financiadas por el Estado, para el beneficio de la población que con su trabajo contribuye a financiar esos estudios así como la formación de los investigadores.
Afortunadamente en la Argentina se evidencia últimamente una decisión política de conectar más orgánicamente la producción de conocimiento con las necesidades sociales y el mundo productivo, mediante numerosas iniciativas de jerarquización de la extensión universitaria, el voluntariado universitario, la vinculación tecnológica y la investigación aplicada en áreas de desarrollo social, tecnológico y productivo. Sin embargo no existen canales como los que los mencionados colegas sueñan ni tampoco pueden existir.
Los funcionarios públicos son personas muy ocupadas sometidas a diversas presiones, permanentemente tratando de articular y mantener un delicado equilibrio entre intereses con frecuencia contrarios. Tiene una agenda que no son completamente libres de modificar en la que lo urgente deja siempre poco espacio para lo importante. Invariablemente forman parte de algún colectivo (partido o línea interna) que deposita en ellos expectativas adicionales a las que corresponde a su cargo de funcionario público. Necesitan poder responder a las preguntas de la prensa en forma medianamente satisfactoria y siempre necesitan la información y los argumentos “para ayer”.
Es imposible que se pongan a leer sistemáticamente todas las publicaciones de ciencias sociales que potencialmente podrían contener algún dato útil para el diseño de políticas públicas de su campo. En el mejor de los casos esa tarea podrían realizarla sus asesores. Pero tampoco sería eficiente que éstos revisaran todos los artículos. Eso nunca va a ocurrir y está bien que así sea.
La dinámica del campo político y la del empresarial son muy diferentes de la de la academia. Cuando un funcionario público o un empresario se encuentra con un problema que no puede resolver por sí solo o con la ayuda de sus colaboradores habituales (subordinados y asesores) lo que hace es consultar a un especialista en el tema en cuestión. En ese rol un experto es un consultor. Y como consultor no puede actuar como en la Academia. No se espera que ilustre a los funcionarios sobre los resultados de sus investigaciones, sino que proponga soluciones para los problemas que necesitan resolver los funcionarios. Es el experto el que debe transformar su conocimiento en recomendaciones de acciones concretas.
Al aceptar una consultoría se realiza un contrato en el que la organización demandante es el cliente y el experto es el consultor que vende sus servicios. Esto es trabajo aplicado y como todo trabajo tiene un costo porque genera un valor. No es un apostolado. Todo profesional que desea vivir de su trabajo cobra sus servicios. Algunos colegas se sienten incómodos hablando de dinero pero para ser filántropo hay que ser millonario. Si uno no lo es tiene que vivir de su trabajo y eso significa saber cuánto vale.
Si un investigador(a) quiere contribuir al diseño de una política pública relacionada con su campo de estudio y no lo están convocando desde ningún organismo, tiene que tomar la iniciativa de elaborar un proyecto y hacérselo llegar al funcionario que corresponda: al que esté en posición de implementar ese proyecto. Acá entran en juego muchas otras consideraciones que en esta ocasión no voy a abordar, pero en síntesis, este paso implica estar dispuesto a manejarse con las reglas de juego del campo político o de poder al mismo tiempo que con las del campo académico.
Y es acá donde posiblemente algunos académicos decidan que no tienen ganas de complicarse la vida con eso. Que no es para ellos, que no les gusta, etc. Y es legítimo. Pero lo otro no va a ocurrir. Nadie más va a elaborar un proyecto sobre la base de sus investigaciones.
Si aceptamos el desafío de elaborar una propuesta de acción concreta, un programa social, un evento cultural, o cualquier otro tipo de intervención debemos saber que no podemos escribir un documento de 200 páginas porque no lo van a leer por las mismas razones ya enumeradas al principio de este artículo: urgencias, falta de tiempo, agenda ajustada. Es preciso ser capaz de sintetizar al extremo en una sola página toda la información necesaria para que quien tiene la responsabilidad esté en condiciones de tomar la decisión sobre nuestra propuesta. Esa información incluye los objetivos del proyecto, las acciones propuestas, los argumentos y datos duros que las justifican, el costo económico de llevarlas a cabo, los beneficios que se obtendrán y qué se ha hecho hasta el momento. Todo en una sola página. Si es más probablemente no lo lean.

El proyecto de una sola página es un instrumento muy útil, eficaz y poderoso para avanzar iniciativas de todo tipo: proyectos comunitarios y de desarrollo social, negocios, programas estatales, eventos culturales, artísticos o deportivos. No es mágico ni resuelve todo ni garantiza el éxito. Pero es una herramienta indispensable. 
Por eso en esta ocasión les dejo una reseña que preparé del libro The one-page proposal: How to get your business pitch onto one persuasive page, de Patrick G. Riley (2002). Riley es responsable de Global Marketing and Brand Strategy, Director General de Geniisis Agents y propietario de The One-Page Company. El libro que reseño fue traducido al chino, coreano y japonés, pero no al castellano. Así es que espero que les sea útil y los invito a que dejen sus comentarios. ¿Alguna vez habías usado esta herramienta aún sin haber oído hablar de ella, por recomendación, por intuición o por sentido común? ¿Te ha dado resultado? ¿Qué sugiere tu expriencia sobre este asunto?.