martes, 13 de agosto de 2013

¿A qué le teme la gente? La percepción de riesgos ambientales según la Teoría Cultural, de Mary Douglas

Como vimos en las entregas anteriores la obra de Mary Douglas tiene una fuerte influencia de la obra de Marcel Mauss y Emile Durkheim, particularmente la idea de que las categorías cognitivas y todo el pensamiento humano son de origen social. Asimismo sostiene que los riesgos se construyen socialmente. 

En primer lugar, es sociocultural determinar qué cosas constituyen riesgos y cuáles no. A esto se llama la “percepción social del riesgo”. Algunos autores prefieren hablar de “construcción social del riesgo”, pero esta expresión resulta ambigua para otros autores (véase p. ej. García Acosta, 2005) porque bajo la misma engloban, no sólo la idea de la percepción social (a la que consideran erróneamente “subjetiva”), sino también a un aspecto que consideran la construcción social “objetiva” de riesgos “reales”, en referencia al hecho de que algunas amenazas son producidas por la actividad humana y no provienen de la naturaleza. Así, por ej. todas las derivadas de los aglomeraciones urbanas, la industria y la tecnología. 

Pero también es social la decisión de cuáles de los riesgos reconocidos como tales resultan aceptables. Es decir, cuáles se está dispuesto a tomar. Tema que se conoce como “aceptabilidad del riesgo” y al que Mary Douglas (1996) dedicó su libro La aceptabilidad del riesgo en las ciencias sociales. Quién le teme a qué depende del tipo de relaciones sociales que sustenta cada uno. Según qué ideal de sociedad se sostenga, se apoyará un conjunto de valores y creencias, una idea de la naturaleza humana y también una idea de la Naturaleza. 

Hacia fines de los años ochenta, el antropólogo Michael Thompson, director del Musgrave Institute de Londres, utilizó la teoría cultural en su investigación sobre los debates acerca de política ambiental (Thompson, 1988; Thompson y otros, 1986). Según él existen diferencias sistemáticas en el modo en que los individuos perciben los riesgos ambientales. 
 “El método de Thompson consiste en escuchar atentamente los debates sobre el medio ambiente y en extraer de sus argumentos los supuestos básicos. Se vuelve infinitamente a las mismas cuestiones pero no se llega a ninguna conclusión. Eventualmente, las explicaciones habrán de terminar. Thompson advierte que las diferentes ponencias de los debates sobre los problemas ambientales apelan al modo de ser de la naturaleza. Siendo la naturaleza de este modo o de este otro, sólo puede aceptar tal política, o tal otra, y si nos equivocamos al reconocer la naturaleza misma de la naturaleza, lo que sobrevendrá será inexorablemente la ruina. Thompson identifica cuatro mitos distintivos de la naturaleza (Thompson y otros, 1990). Cada uno de ellos es una explicación del mundo que habrá de justificar el estilo de vida con el que está comprometido el expositor. Ese compromiso no es una intención privada. Es parte de la cultura a la que el expositor decidió adherirse. Thompson Ilustra los cuatro mitos de la naturaleza mediante cuatro diagramas tomados de la mecánica del equilibrio”. (Douglas, 1998, 99 Los diagramas que siguen representan un bola sobre una superficie, y están tomados de este mismo libro).

individualista
La Naturaleza es robusta, estable y resiliente (la pelotita siempre vuelve sola al punto de equilibrio). No importa cuánto se la explote o contamine. Ella cuenta con eficientes mecanismos para recuperarse y regenerarse. Ha existido por millones de años sin necesidad de que alguien se ocupe de cuidarla. No hay por qué preocuparse de ella, ya que no hay manera de hacerle daño. Se autorregula igual que los mercados libres. Los recursos son abundantes y lo que no explotemos nosotros lo explotarán otros. El crecimiento económico puede ser ilimitado al igual que el del bienestar. No se deben limitar las necesidades ni el uso de los recursos. Los riesgos ambientales son oportunidades. Las personas no necesitan modificar su conducta para con la Naturaleza y no son responsables de lo que le ocurra.La ciencia y la tecnología están permanentemente hallando nuevas soluciones y nuevos materiales y hay que confiar en que lo seguirán haciendo antes de que se agoten los recursos o se llegue a alguna crisis ambiental.
Esta visión justifica un estilo de vida basado en búsqueda del beneficio sin la imposición de limitaciones o reglamentaciones arbitrarias. La estrategia preferida para la gestión de riesgos ambientales es la del mercado. El establecimiento de “mercados” como el del carbono en los que el libre juego de la oferta y la demanda determine el precio que se debe pagar por contaminar. Sostienen también la “tragedia de los comunes” (Hardin, 1968) según la cual los bienes comunes tienden a agotarse debido a que no son propiedad de nadie y, por tanto, para evitar su agotamiento deben ser privatizados.

jerárquico
La naturaleza es tolerante, robusta y estable pero sólo dentro de ciertos límites más allá de los cuales podría ser imposible que se recuperarse. Por lo tanto esos límites se deben conocer con precisión y deben ser respetados. Los expertos (científicos) son los únicos calificados para determinar los umbrales de la Naturaleza, y el Estado debe ser su guardián y establecer las regulaciones correspondientes. En esta visión la explotación de la Naturaleza debe hacerse en forma controlada, o como se suele decir, “sustentable”. Los recursos son escasos y sólo son aceptables los riesgos que se toman dentro de los límites establecidos. Esta es la visión que se puede encontrar en el Informe Brundtland (1989). Se debe controlar el uso de los recursos porque no se puede controlar las necesidades.

igualitarista
La Naturaleza es frágil, efímera y sumamente inestable. Se encuentra en un delicado equilibrio y cualquier perturbación podría conducir a una catástrofe de consecuencias irreparables. La contaminación industrial, el consumo masivo de combustibles fósiles, la posibilidad de una guerra nuclear o de accidentes nucleares y el consumismo desenfrenado nos están llevando a la destrucción masiva, la extinción de numerosas especies, la desertificación, el cambio climático y eventualmente a la desaparición de toda forma de vida en la Tierra. Los recursos son escasos y tienden a agotarse. No es posible asegurar su abundancia por lo cual sólo se puede controlar las necesidades, y corresponde reducirlas. Es preciso disminuir el nivel de consumo actual a fin de asegurar a las generaciones futuras el mismo bienestar que disfrutamos nosotros. Los riesgos ambientales son ocultos e irreversibles.

fatalista
La Naturaleza es caprichosa e impredecible. No es posible saber en qué dirección se moverá la pelotita ni cuáles serán las consecuencias. Nadie puede saber cuánto daño puede hacer el hombre a la Naturaleza ni cuanta es la capacidad de ésta para regenerarse. Aún si lo supiéramos tampoco podemos hacer nada al respecto. No se pueden controlar los recursos ni las necesidades. Los riesgos son producto del puro azar. Por ende, la única estrategia razonable de gestión de riesgos es la resignación. Relájate y goza

De estas cuatro visiones de la Naturaleza se desprenden sendas estrategias de gestión de riesgos ambientales y políticas ambientales. Como se habrán dado cuenta, cada uno de las visiones de mundo que anteceden le teme a lo que amenaza su ideal de sociedad. 

Los individualistas valoran la libertad para buscar el beneficio y el éxito personal mediante el trabajo duro, la astucia y la negociación. Estos objetivos no pueden alcanzarse si se impone a los individuos limitaciones arbitrarias a su capacidad, inteligencia y esfuerzo. Convencidos de que el libre juego de las fuerzas del mercado garantiza que la búsqueda del beneficio individual conduzca a un estado óptimo (paretiano) de bienestar general, no aceptan ningún tipo de límite, como no sea el de mantenerse dentro de las reglas de la competencia. Si se coarta la libertad individual surgen los monopolios económicos y de autoridad, y se perfila en el horizonte el totalitarismo. 

Los jerárquicos valoran por sobre todo el orden y el respeto a la autoridad, las reglas y las diferencias sociales. La libertad y la igualdad constituyen para ellos libertinaje, caos, disolución y subversión del orden social. Esos son sus temores. En consecuencia, también la Naturaleza debe permanecer dentro de sus límites y leyes naturales. Son “los que saben” quienes deben determinar esos límites y descubrir esas leyes, y “los que mandan” deben hacerlos cumplir.

Los igualitaristas valoran, obviamente, la igualdad, la comunidad, las relaciones horizontales y solidarias. Le temen a la diferenciación jerárquica y las desigualdades sociales. Rechazan toda concentración de poder y riqueza, así como los privilegios. La democracia y el consenso son sus formas preferidas de administración de los asuntos públicos. Cualquier pequeña diferencia o privilegio pueden profundizarse amenazando la unidad y armonía comunitaria. Los igualitaristas culpan a las grandes empresas multinacionales por la contaminación ambiental. Culpan a la búsqueda egoísta del lucro personal y al hedonismo consumista de los países industrializados por el agotamiento de los recursos naturales y la explotación inhumana del trabajo en los países subdesarrollados. El mismo desarrollo entendido como crecimiento económico ilimitado pone en peligro a la vez a la sociedad igualitaria y a la Naturaleza. Se corresponde con la postura conocida como ambientalismo. En algunas de sus variantes se considera que la Humanidad es parte integrante de la Naturaleza, por lo cual no tiene sentido intentar dominarla o controlarla. La única política ambiental racional es el decrecimiento, la austeridad global en el consumo, la alimentación orgánica, vegetariana, la medicina alternativa holística, el “retorno a la Naturaleza”.

Por último, los fatalistas también valoran su libertad individual pero sostienen una visión conspirativa según la cual “los poderosos” ya tienen todo arreglado. Contra esa situación se sienten impotentes. Rechazan las relaciones sociales predominantes pero no consideran que sea posible reemplazarlas por otras debido a que el ser humano es egoísta e irracional por naturaleza. Sólo cabe aislarse para no ser cómplice ni engranaje del sistema. No es seguro que los individualistas y los igualitaristas nos estén conduciendo al desastre como aseguran los igualitaristas. Pero si así fuera de todos modos no lo podríamos evitar y no vale la pena intentarlo. Esta visión justifica su propio aislamiento y pasividad a la vez que su renuncia a buscar cualquier tipo de éxito por temor al fracaso.

Describiendo las diferentes posiciones acerca del cambio climático Michael Thompson (2000) explicó que un diagnóstico considera que el problema es la superpoblación y la solución el control demográfico, especialmente en el hemisferio sur, que tiene mayores tasas de crecimiento (visión jerárquica). Otro diagnóstico asegura que el problema es que se trata al ambiente como si fuera un bien gratuito cuando evidentemente no lo es. La solución sería, entonces, fijar los precios correctos (visión individualista). Otro diagnóstico considera que el problema es el despilfarro producido por consumismo descontrolado de los países del hemisferio norte, por lo que la solución es reducir el consumo en esos países. Que adopten voluntariamente un estilo de vida más frugal (visión igualitarista). Los fatalistas desconfían de toda la verborragia acerca de bienes públicos, bienes privados y bienes comunes, considerando que todos estos son clubes de bienes de los que ellos están excluidos de todos modos.

Los “sesgos culturales” no son tipos puros. En un artículo crítico de la Teoría Cultural, Steg y Sievers (2000, 252) explican que “uno puede ser individualista en un subdominio pero jerárquico en otro subdominio”. Por ejemplo, se puede ser igualitarista en el sindicato pero jerárquico en la familia. Por otra parte, dicen,
“Los mitos de la naturaleza se refieren a creencias generales acerca de cuestiones ambientales. Las creencias generales influencian creencias específicas, actitudes y normas, pero no están directamente relacionadas con el comportamiento. La gente puede manejar situaciones en contradicción con sus mitos de la naturaleza porque esta relación está mediada por otros factores tales como restricciones situacionales” (Steg y Sievers, 2000, 256).

En otras palabras, los seres humanos no siempre nos conducimos de forma coherente con lo que sostenemos. Si hicieron el test que les sugerí en el artículo anterior habrán notado que uno puede tener un porcentaje de cada uno de los diferentes tipos culturales que reconoce la teoría, aunque alguno de ellos predomine claramente sobre los demás. El punto es que la determinación de qué es un riesgo no es una cuestión individual ni técnica o científica, sino social, cultural y moral. Como sostiene Joan Bestard en el Prólogo a La aceptabilidad del riesgo...:
“Las nociones de riesgo no están basadas en razones prácticas o en juicios empíricos. Son nociones construidas culturalmente que enfatizan algunos aspectos del peligro e ignoran otros. […] La cognición de peligros y la elección de los individuos ante determinados riesgos tiene que ver más con ideas sociales de moral y de justicia que con ideas probabilísticas de costes y beneficios” como prefieren abordarlo los partidarios del enfoque actuarial, la elección racional y el individualismo metodológico (Bestard, 1996, 11).
“Los individuos están dispuestos a aceptar riesgos a partir de su adhesión a determinada forma de sociedad. […] la polución natural no es simplemente una cuestión de naturaleza. Lo que se considera polucionado es el orden político o económico que provoca los desastres naturales. Si se percibe que la naturaleza debe ser protegida es porque se considera que determinados grupos en la sociedad han rebasado sus límites de intervención. [...] El análisis neutral del riesgo no puede prescindir del análisis cultural de la atribución de las culpas. […] El debate sobre los riesgos naturales es un debate moral y político” (ídem, 15, 16).

Mary Douglas recuerda que la percepción de los riesgos, al igual que la atención y la memoria, es selectiva. Cada sesgo cultural proporciona unas “anteojeras” que focalizan algunos riesgos y soslayan otros. “Una persistente miopía, la selectividad y las contradicciones toleradas suelen ser señal no tanto de debilidad de percepción cuanto signos de una fuerte intención de proteger determinados valores y las formas institucionales que los acompañan. […] los vacíos y contradicciones en un sistema de pensamiento son una buena guía del marco institucional que lo sostiene y da vida“ (Douglas, 1996, 21). 

En este sentido, los riesgos en general y los ambientales en particular, son tan construidos como los problemas sociales: a) ocurren muchas cosas pero sólo algunas son consideradas problemas, b) no existe nunca un consenso total sobre qué es un problema, porqué es un problema y para quién es un problema, ni tampoco sobre cuál es la solución adecuada. Lo mismo ocurre con los riesgos. Lo que para algunos es un riesgo para otros no lo es. Mucha gente vive preocupada por el riesgo de que ocurran eventos muy improbables pero convive cotidianamente con peligros a los que no asigna ninguna importancia. Tampoco hay acuerdo sobre cuales riesgos se pueden asumir ni cómo se pueden evitar o disminuir. 

Por otra parte, hablar del origen de los riesgos es remitirse a las cuestiones morales de la responsabilidad, la culpa, el castigo y la justicia. Como pregunta Bestard:
“¿Qué relación hay entre los conceptos de contaminación ritual que los historiadores de las religiones nos han hecho ver y la contaminación de la naturaleza que, como nos recuerdan continuamente los ecologistas contemporáneos, es uno de los principales peligros que condicionan nuestra existencia?. ¿Qué relación hay entre la noción de tabú como un sistema de protección de la sociedad de los peligros que la amenazan y la noción de riesgo como un sistema de protección de nuestro futuro social?” (Bestard, 1996, 12).
 
Douglas (1996) dedica un capítulo entero a analizar las cuestiones morales de la aceptabilidad del riesgo; otro a los procesos culturales que seleccionan diversos tipos de peligros a través de mecanismos institucionales asignadores de responsabilidad, y otro más a examinar cómo diferentes tipos de entornos organizacionales influyen en la percepción social de los riesgos. Contradiciendo a autores que, como García Acosta, tildan su enfoque de “culturalista”, Douglas aborda el problema de la distribución desigual de los riesgos en la sociedad, lo que remite al tema de la vulnerabilidad diferencial de las poblaciones. 

Lo que carecería de sentido para la teoría cultural sería preguntarse cual de estas cuatro visiones de mundo o posturas ideológicas descritas es “la correcta”. Lo beneficioso para la sociedad es la pluralidad. Los diferentes marcos institucionales que sostienen cada una de estas posiciones tienen sus propias ventajas e inconvenientes y todas ellas deben estar disponibles para ser usadas cuando sean necesarias y para contrarrestar a las otras. Los pequeños grupos igualitarios dejan de ser funcionales en la gran escala, donde son más efectivas las jerarquías. Éstas a su vez son poco propensas al cambio y la innovación, aspecto en los que son más eficaces los mercados, con sus incentivos a los individuos con iniciativa. Pero los mercados librados a sus propias reglas de juego producen concentración de recursos y poder y, por ende, desigualdad, situación contra la que luchan las organizaciones igualitarias, que se preocupan por el bienestar de todos y cada uno, antes que por el bienestar promedio. 

¿Acaso es perfecta la teoría cultural?. Obviamente no. Tiene sus problemas, detractores e inconsistencias. Pero eso merece otro artículo. 

Bibliografía


Bestard, Joan (1996). Prólogo. En: La aceptabilidad del riesgo según las ciencias sociales (pp. 9-16). Barcelona: Editorial Paidós. (Disponible en Google Books)
Douglas, Mary (1998). Estilos de pensar: ensayos críticos sobre el buen gusto. Gedisa. Recuperado a partir de http://www.quedelibros.com/libro/2815/Estilos-de-pensar.html
Douglas, Mary (1996). La aceptabilidad del riesgo según las ciencias sociales. Editorial Paidós. (Disponible en Google Books)
García Acosta, Virginia (2005). El riesgo como construcción social y la construcción social de riesgos. En: Desacatos, 19, 11–24. Disponible en: http://187.141.49.252/sii/images/9.pdf
Hardin, G. (1968). The Tragedy of the Commons. Science, 162(3859), 1243-1248. Recuperado a partir de http://www.jstor.org/stable/1724745
Steg, Linda, & Sievers, Inge (2000). Cultural Theory and Individual Perceptions of Environmental Risks. Environment and Behavior, 32(2), 250-269. Disponible en: http://eab.sagepub.com/content/32/2/250
Thompson, Michael (1988). Socially Viable Ideas of Nature. En: Erik Baark and Uno Svedin.
Thompson, Michael Ellis, Richard J., & Wildavsky, Aaron B. (1990). Cultural theory. Westview Press.
Thompson, M. (2000). Understanding environmental values: A cultural theory approach. En Event Paper (p. 10). Presentado en Carnegie Council on Ethics and International Affairs, New York. Disponible en: https://www.carnegiecouncil.org/publications/articles_papers_reports/710.html/_res/id=sa_File1/711_thompson.pdf
Wildavsky, Aaron, & Dake, Karl (1990). Theories of Risk Perception: Who Fears What and Why? Daedalus, 119(4), 41-60. Disponible en: http://www.jstor.org/stable/20025337