domingo, 10 de noviembre de 2013

¿No hay peor sordo que el que no quiere oir?

¿Te pasó alguna vez quedar desconcertado porque alguien se ofende por algo que le dijiste que en realidad no dijiste? ¿O que te discutan argumentando contra una idea que no expusiste ni compartís y que ni se te había pasado por la cabeza? ¿Te pasó que te atribuyan una intención que no tenías? ¿Cuantas veces vos mismo(a) procedés así con los demás? ¿Te pasa que que te digan “yo no dije eso”? ¿Alguna vez participaste en una discusión en la que te cansás de estar aclarando constantemente qué fue lo que dijiste y qué no dijiste o no quisiste decir? ¿Por qué se dan esas dificultades en la comunicación?. ¿Se dan situaciones similares en las entrevistas de investigación o en conversaciones durante el trabajo de campo?

Recientemente un compañero de trabajo llamado Gerardo me comentó un artículo que había leído hace algunos años en la revista Mutantia, que hablaba sobre la dificultad de la comunicación. Me pareció interesante y le pedí que me lo pasara, cosa que hizo de inmediato y que le agradezco profundamente. Como me gustó y quería compartirlo, antes de simplemente copiar y pegar, hice mi habitual búsqueda de fuentes, ya que no deseo engrosar las filas de los reenviadores compulsivos de fruta de origen dudoso.

Esa búsqueda vino muy bien porque descubrí que lo que en su momento publicó Mutantia era sólo un fragmento de un texto más extenso, del que existen varias copias en Internet, todas ellas fragmentarias y diferentes entre sí. Me aboqué entonces a la búsqueda del texto completo y finalmente lo encontré, pero en portugués, su idioma original. Traduje las partes que faltaban en las versiones existentes en castellano y de paso me informé sobre su autor, Artur Da Távola. 

Ahora sí, con el texto completo y la información corroborada les dejo el artículo en cuestión traducido al castellano. La única copia completa en nuestro idioma, hasta donde yo sé.

El autor

Paulo Alberto Moretzsohn Monteiro de Barros (1936-2008), más conocido por su pseudónimo Artur Da Távola, fue un abogado, periodista en diario, radio y TV, escritor y político brasileño, fundador del Partido da Social Democracia Brasileira(PSDB). Se inició en política en 1960 en el partido PartidoTrabalhista Nacional (PTN), el mismo que llevó a Dilma Rousseff como candidata a la presidencia en 2010. Durante la dictadura militar brasileña se exilió en Bolivia y en Chile. Fue presidente del PSDB, diputado y senador en la década del noventa, y en 2001 fue Secretario de Cultura de la ciudad de Río de Janeiro. Apasionado por la música clásica, dirigió durante varios años un programa sobre ese tema en TV Senado.

Hechas las presentaciones correspondientes les dejo el reflexivo artículo Artur Da Távola y espero sus comentarios.


La difícil facilidad del verbo ‘oir’

Por Artur Da Távola

Uno de los mayores problemas de la comunicación tanto de masas como la interpersonal es como el receptor o sea el otro, oye lo que el emisor o sea uno, la persona, ha hablado.

En una misma escena de telenovela, nota de noticiero o una simple charla o discusión, observo que la misma frase permite diferentes niveles de entendimiento.En la conversación ocurre lo mismo.

Ante este cuadro vengo desarrollando una serie de observaciones y, como estoy bastante entusiasmado con su formulación, la comparto con el electorado competente que, por supuesto, me ayudará, pasándome las investigaciones que tenga al respecto. Observen que:
  1. En general el receptor no oye lo que el otro habla: Oye lo que el otro no está diciendo.
  2. El receptor no oye lo que el otro habla. Oye lo que quiere oír.
  3. El receptor no oye lo que el otro habla. Oye lo que ya escuchó antes y coloca lo que el otro está hablando en aquello que se acostumbró a oír.
  4. El receptor no oye lo que el otro habla. Oye lo que imagina que el otro iba a hablar.
  5. En una discusión, en general, los discutidores no oyen lo que el otro está hablando. Oyen apenas lo que están pensando para decirlo enseguida.
  6. El receptor no oye lo que el otro habla. Oye lo que le gustaría oír que el otro dijese.
  7. Una persona no oye lo que la otra habla. Oye apenas lo que está sintiendo.
  8. Una persona no oye lo que la otra habla. Oye lo que ya pensaba respecto de aquello que la otra está diciendo.
  9. Una persona no oye lo que la otra está hablando. Retira del habla de la otra apenas las partes que tengan que ver con ella y la emocionen, agraden o molesten.
  10. Una persona no oye lo que la otra está hablando. Oye lo que confirme o rechace su propio pensamiento. Vale decir, transforma lo que el otro está hablando en objeto de concordancia o discordancia.
  11. Una persona no oye lo que la otra está hablando : Oye lo que pueda adaptarse al impulso de amor, rabia u odio que ya sentía por la otra.
  12. Una persona no oye lo que la otra habla. Oye del habla de ella apenas aquellos puntos que puedan tener sentido para las ideas y puntos de vista que en el momento la estén influenciando o tocando más directamente.
Estos doce puntos muestran qué raro y difícil es conversar. Lo que hay, en general, o son monólogos simultáneos canjeados a guisa de conversación, o son monólogos paralelos a guisa de dialogo. Hasta puede haber dialogo sin que, necesariamente, exista comunicación. Puede haber hasta un conocimiento de dos sin que necesariamente haya comunicación. Esta solo se da cuando ambos polos se oyen, no en el sentido material de "escuchar", sino en el sentido de procurar comprender en su extensión y profundidad lo que el otro esta diciendo.

Oír, por lo tanto, es muy raro. Es necesario limpiar la mente de todos los ruidos e interferencias del propio pensamiento durante el habla ajena.

Oír implica una entrega al otro. De ahí la dificultad de que las personas inteligentes efectivamente oigan si no hacen el aprendizaje. Su inteligencia es funcionamiento permanente, o su hábito de pensar, evaluar, juzgar y analizarlo todo interfiere como un ruido en la plena recepción de aquello que el otro está hablando.

No es solo la inteligencia lo que entorpece la audición plena, el acto de oír es perturbado por otros elementos. Uno de ellos es el mecanismo de defensa. Hay personas que se defienden de oír lo que las otras están diciendo, por verdadero pavor inconsciente de perderse a sí mismas. Precisan “no oír” porque “no oyendo” se libran de la rectificación de los propios puntos de vista, de la aceptación de realidades diferentes de las propias, de verdades diferentes de las propias y así en adelante, se zafan de lo nuevo que es salud pero que las aterroriza. No oír es pues, un sólido mecanismo de defensa.  

Oír es un gran desafío. Desafío de apertura interior, de impulso en la dirección del prójimo, de comunión con él, de su aceptación de como es y cómo piensa. Oír es proeza. Oír es rareza. Oír es un acto de sabiduría. Después que la persona aprende a oír, pasa a hacer descubrimientos increíbles, ocultos o patentes en todo aquello que los otros están diciendo a propósito de hablar.